El archivo de C.

«¿Qué ha sido de la Musa? [...] La hemos matado»

Desde hace un tiempo tengo la sensación de que nada me inspira a escribir.

No es realmente cierto, porque sí que escribo: poemas, relatillos, escenas sueltas que me sirven para engrasar los engranajes de mi mente. Pero llevo años sin una idea nueva para una novela. Está un poco feo lo de pensar que no escribo si no es Escribir con mayúsculas, como si lo único que tuviera un valor real fueran los números de más de cinco cifras que aparecen en la esquina inferior izquierda de mi pantalla. Y, sin embargo, no puedo evitar que mi cerebro esté configurado así, quizá porque las primeras historias que escribí fueron novelas y eso ha hecho que las considere Escribir por defecto.

Así que finjamos por un momento que mi dramatismo tiene razón y llevo mucho tiempo sin sentir inspiración. Estoy segure de que una parte del problema es la hiperfijación que he tenido con lo del cura. Tenía (no estoy segure de seguir teniendo) muchas ganas de contar esa historia, así que solo podía obsesionarme pensar en ella, en sus tramas y sus temas. Así que supongo que ese ha sido parte del problema. Pero no todo, ni siquiera gran parte de.

Porque el verdadero problema, y la razón por la que he decidido estrenar el blog con este tema, es que llevo desde 2020 sin pisar una clase de literatura.

No creo que sea ninguna coincidencia que mis periodos más fructíferos en cuanto a ideas para novelas sean precisamente los años de Bachillerato y la Universidad. Esos años en los que (si pisaba por clase, claro) bebía de un torrente de información constante. Recuerdo a la perfección el día en que nos hablaron de Boccaccio y de la novela epistolar, y cómo acabé apuntando esas palabras en mi agenda, que enseguida tomaron la forma de Fiammetta, ese mostrenco de casi 150k palabras que tantos dolores de cabeza me daría en los años venideros.

Pienso en cómo es mi vida ahora mismo: me paso ocho horas en una fábrica y cuando salgo de allí caigo en el pozo del doomscrolling porque mi cerebro no puede tolerar más estimulación. Todo lo que consumo (qué palabra más horrenda) es de pasada, un leve roce; apenas hay cosas que consigan penetrar mi piel hasta llegar al hueso. Extraño ese tiempo en que cada día era una oportunidad para descubrir algo nuevo: ¿que los prólogos pueden ser un personaje? Pa' dentro. ¿Segunda persona del singular? Se prueba. ¿Un capítulo que sea todo ello descripciones, sin diálogo? Por el culo. Ahora me parecen cosas normales, y supongo que eso también es parte del problema, que estoy llegando al punto en que es más complicado sorprenderme. Qué deprimente está sonando todo esto, mil perdones T.T

La conclusión a la que quiero llegar es que no podemos ser escritores en el vacío. La cultura en general, y la literatura en particular, es una conversación entre presente, pasado y futuro de la que debemos ser partícipes si no queremos quedarnos sin fuelle. Leed, id a un museo, escuchad una conferencia, tened una conversación con vuestres amigues sobre las virtudes del omegaverso. Salid al encuentro de la inspiración y no os conforméis con contenido de marca blanca, de ese que a los dos segundos de haberlo «disfrutado» ya habéis olvidado.

#escritura #reflexión